Lecciones: 27 razones

quemar naves

No, y pues, también están todas las veces que simplemente sentí qué me iba a morir –¿Qué? ¿Cómo así?– Sabes, una mezcla de locura, estupefacción y soledad aguda... "¿Qué tal todo? Puta, súper lonely..." Pasé comiendo bagels solitarias, bagels a solas, viendo por la ventana y solo alcanzando a ver ciudad y pensar que esto era una isla, en la que que estaba atrapada. Y odio las islas. Y tratando de sacarle lo bueno, obvio, me decía No, huevos, esto es chivo; voy a leer Infinite Jest en una hora, y después un poco sobre historia y neurociencia; voy a terminar mi colección de cuentos, pero primero, ajá, PRIMERO, voy a limpiar mi casa... Y así terminé en calzones, descalza, limpiando y limpiando. Aplazando el anhelo de leer y escribir y crecer, entregándome a a frustración y tensión [de mierda], no pertenezco, no funciono, y usando una esponja potente que decía NO TE LO ACERQUES A LA BOCA. 

Me detuve, me levanté del suelo que tenía que raspar con la esponja Tóxica –Mr. Clean's Magic Erasers, EXISTEN, estúpidas esponas– y me comí una toronja, sin lavarme las manos. Sentí ardor en la boca. Me vi los labios buscando inflamación en el reflejo del espejo, por 15 minutos." Me voy a morir", me dije, cuando me acosté a entregarme a mi soledad.
el 27 de noviembre de 2017
en el espacio preelegido de
la soledad voluntaria
me enfrenté a uno de mis 27 diarios
y hablamos

de los últimos 27 días

habíamos, desde entonces
atendido
las fisuras de la vida interna –
como las rajaduras de un volcán
– y perseguido hasta donde, ajá
a ver,
quieren llevarnos
estas chimeneas
para que mi lava regrese a decir

aquí estoy

el 27 de septiembre
del mismo año
no fue hace mucho
bye-bye pasado

el 27 de septiembre
me regresé 
después de
varias idas, varias venidas
pero hoy sí, me despido
y qué mal huele este Uber

no voy a extrañar los olores
que se fermentan
en las alcantarillas
en las palmas de las manos
en, mirá, allí hay una rata
no quiero saber nada más
de cómo hay que vestirse

toda la ciudad huele
mal, a menos que pagués
para encontrar asilo en
tiendas y tiendas al sur del norte
del este

flash y foto, aquí están 
pruebas
de las estaciones de metro 
más feas que existen

hay al menos 27 cosas que no,
nunca
me van a hacer falta
es lo que me digo ahorita
con el frío y el calor de
los últimos 27 días
aún se sienten las 27 pesadillas
de un mes sin dormir

27 dólares por salida
y eso que el bar no es tan cool,
ni las pupusas tan ricas
pues
27 rostros que por más que vi
nunca conocí
y otros 27 que me hicieron pensar
dos veces
eso de ponerme lo que se me da la gana

los 27 chistes jugosos
esos me los quedo
me caben en el bolsillo
me alumbran la vista a la terraza

27 veces en las que dije
Ay, qué estúpida
cuánto gasté

27 bagels que me comí
completamente sola
con ellos me excedí

y un bar, sí
al que fui suficientes veces
como para extrañarlo

allí escribí cosas
pero no escuché mucho jazz
porque se escuchaban más
las citas y pláticas
pues
no todos le pegan
a una buena acústica

27 multiplicado por cuatro, multiplicado
por dos
fueron mis ir y venir
todos los días
sucios
ensuciando mi mente
pero, ay, maje
me vale verga que me salga más caro
que el metro

pero hubo otra tanda de 27’s

27 caras conocidas
que permean en las risas
que tuvimos

allí sí no me importa
el viaje en metro a las 2 AM

las risas llenan los días
más que las lágrimas de ir y venir
al baño
encerrada con Six Feet Under
patológicamente
pero lo acabé por superar
lo acepto
sin dejar ese afán
con el que me iba a buscar
limonada de jengibre para
apaciguar los llantos
del cuerpo

el cuerpo habla

habló 27 veces y no lo escuché

busqué refugio en no fumar
y creció el vacío
de estar sin estar
de amar sin paz

sin esas 27 razones
por las que me fui
un 27 de mayo


la huída

¡No te lo pongas! House outfits

                         house outfit: atuendo avergonzante que es un paso después de una pijama, un paso anterior a salir a la calle. 

Mi sentido pobre de vestimenta alcanza dimensiones fascinantes cuando estoy en casa. A continuación, algunos ejemplos de mis hermosos looks solitarios y privados:

Mi camisa que dice SOCIALIST probablemente fue producida por una multinacional que subcontrata a niños.
En ella, guardaba mi cara cuando hace frío decembrino.

2. Mi Happy Sweater
Suéter rojo de 1993 que pasó a mis manos en el 2001 –Should I get rif of this? But look how happy it makes me–
Me pongo a Happy Sweater cuando estoy triste, a veces. Porque me pasa, eso de estar triste.
Creo que le agregué mi cangurera de 2006 para andar cigarros conmigo y, los calcetines verdes tan un toque extra a las botas de hule para la interperie, en interiores.


3. Mao mini-dress
En mi diccionario, un mini-dress es una camiseta con nada abajo. Mi diseño tipográfico de Mao Zedong era de mis mini vestidos favoritos. Este día, combiné esa camiseta con un collar de perlas y una taza de café.

4. Mis pantalones chapines
No me lucen ni se le ven bien a nadie, y están desteñidos: mi fiel acompañante desde el 2012, me los llevo a todos lados.

Y de hecho los ando puestos ahorita.

¿La camiseta? Claramente nació en el '87 igual que yo.

5.Short hair, short shorts
No sé qué estaba haciendo prolongado el estado de pijama, y no se nota, pero esos calcetines son de leopoardo.


6. Uso turbantes a sola
Siempre me amarro el pelo en una bufanda. 




fin

Mala en mate


Pruebas de que no sé contar

Conté 4 billetes de $20.00, hice cuentas y me dije "Ay, solo me quedan 60 dólares."

Me acosté a las 3:30 de la madrugada, y me despertaron los sonidos de mis  compañeros de cuarto a las 9:33 AM, —¡He dormido 3 horas!—exclamé.

Si el vuelo sale a las 7:00 AM y llega las 10 pasadas, entonces es un vuelo de 5 horas (¿??).


the end 



Red October Vol. 2


¿Será el alcohol el peligro? ¿O seré yo?


El año pasado escribí algo no sobre el mes de octubre, pero sobre tragos que me hacían falta en octubre, tragos como los Red Octobers que servían en el Dick Turpin's cuando conocías a los bartenders, pues no estaban en el menú.

Hace un par de octubres dejé de tomar. Volví a tomar, y luego paré de nuevo; paro –¡alto!— y lo retomo. Esto de tener hipoglucemia no es fácil: es como jugar ruleta, o Blackjack o —

Tener hipoglucemia es como ir al casino, –ahorita estoy en un fase dry, casi no juego–

Tener hipoglucemia, para mí, es un poco como Blackjack (y el amor también, de hecho) porque, queriendo obtener 21, a veces pedís otra carta y se te va la mano, y perdés ["Hit me! Hit me!", no querés parar] // hay días en los que puedo tomarme 4 cervezas y un shot de tequila, o jugar rayuela con vinos blancos y rosados, pasar por cerveza y cerrar la boda de mi BFF con un trago de ron firmado por Mamá Betty, con dedicatoria de doble ración ronera, a las 4 AM. hay días en los que una cerveza me revuelve el estómago y me condena a un día entero de dolor de cabeza. // Y como las probabilidades de morir de felicidad prematura en esta lotería posalcohólica e hipoglucémica, me atengo a no tomar. Mis estudios empíricos del asunto me han enseñado a evitar tragos como Red Octobers, que extrañaré para siempre.

Extraño los tintos de verano en la piscina de San Blas.

Extraño los carajillos (shots de espresso con licor de café) que adormecen y despiertan, de manera simultánea, y me hacen manejar a casa a las 3 AM.

Extraño apoyarme en la barra de un restaurante y embriagarme con el efecto de un Long Island Ice Tea con el estómago vacío, mi preludio favorito a un almuerzo de amigas-hermanas, The ladies who beer drink of today are the ladies who lunch of tomorrow, right?

Extraño una sesión de anécdotas con Martini Rosso en Cambronne, y la adrenalina de tres martinis seguidos, ahí van; antes de subirme al escenario a leer dos poemas en público por primera vez en mi vida, "Peur de lui" y "O.N.S.",  temblando de los nervios y del astigmatismo que me achaca la vista.

Extraño ser la única en la fiesta que se dice Sí, me encanta el pastís. Hice tantos amigos de esa forma.

Extraño Whiskey escocés que me hace comprender la política regional francesa, y no la sobriedad que me hace detectar lagunas en los pensamientos que traen a colación citas de Nietzsche a las 7 AM.

Me hace falta el Porto, tomarme uno (o dos) como aperitivo y como digestivo, uno italiano. Me encantaría regresar a ese apartamento en el que nos pasamos la botella de Grappa, y te hice reír porque dije que nunca lo había probado, vos. Veníamos del Titi Twister de tomar whiskeys que vos escogiste.

No he encontrado reemplazo para mis Red Octobers, pero sí he descubierto que paso tanto tiempo comiendo que me sería imposible tomar alcohol, de todas formas, así esté celebrando el matrimonio de mi amiga/hermana. Cuando todos brindaban con champán, yo tenía croquetas de jamón en la boca. Luego, estuve brindando con pancitos y tortilla española. Así sí me gustan las tapas. Y en vez de servirme vino, pedí agua para acompañar los chorizos con cidra... ah, y no olvidemos como el final de la recepción se lo dediqué a mordisquear todo postre que se me atravesara.

La fiesta siguió en mi hotel, y me pedí un whiskey para poder decir que me tomé un wisconsin en Wisconsin... pero después de darle dos tragos, lo cambié por una porción de papas y una orden de nachos, ¿porque por qué no? Mi resaca del día siguiente se debía al ejercicio constante de ingerir alimentos. 

Tragos prohibidos

Los libros que dejé atrás

Libros que hablan varios idiomas.
En las mudanzas, es imposible traerse todo

Cuando me mudé de Honduras tenía 4 años. Poco antes de que me mudaran (mis papás) de Honduras, yo había visto Dumbo en VHS todos los días.

La vi tanto que arruiné la cinta. No sé si los niños de la era touch screen conocerán dolor semejante al de arruinar tu copia de Dumbo y así cortar la dependencia de una dosis diaria de la historia de un elefante con orejas grandes que quería mucho a su mamá.

Siempre me tapaba los ojos cuando Dumbo cae en la perversión, se emborracha y alucina.

They don’t make ‘em like that anymore, do they?



Me mudé de Honduras y dejé atrás mi película, mi Dumbo.


En mi vida adulta, en la cual las películas dependen de una cuenta de Netflix de un ex o de una página de bajo presupuesto, o, en el mejor de los casos, de un archivo .avi o buen mo4, mi duelo está más en los libros que en las películas –aunque la verdad, aquí entre nos, es que también probé regresar a coleccionar películas y al ritual del DVD con control remoto. Mi lengua lleva aún el sabor a ver películas en posición horizontal, sola, en una esquina francesa.

En mi vida adulta, mi duelo son los libros que dejo atrás.

Deben haber varios libros con mi nombre en la contraportada,  Patricia Trigueros escrito a menudo con un lapicero Bic de esos que muerdo hasta aniquilarlos. “Tomá, hay de todo,”

Me despedí de mi diccionario de francés antiguo, una belleza gruesa y roja apellido Larousse. De él aprendí que no vale la pena gastar 30 euros en un instrumento académico que te enseña a decir Li cuens (“el conde”) o Ausi conme la licorne sui (“soy como el unicornio”); ósea, ¿quién habla francés antiguo hoy en día? Todavía si hubiese sido un diccionario ilustrado, con dibujitos medievales; ahí sí te creo que vale la pena. Lo vendí como en 2 euros en una tienda medio deprimente, Rue St. Catherine, 33000 Bordeaux.

Lo chivo de esa tienda era que quien la atendía era del mismo color que las páginas viejas de los libros de los estantes. Pálido y a la vez amarillo, acomodaba los libros con una delicadeza propia de una enfermera entregada. Los colocaba, te recomendaba literatura anglosajona a lo Frannie et Zoe de J.D. Sallinger, y no hesitaba en mostrarte dónde podías leer más Shakespeare, porque nunca hay suficiente Shakespeare, ¿o sí? A pues, allí quedaron mis Spleen de Paris, Le parti pris des choses, Nadja, Manifesto du Surréalisme, Au-dessous du Volcan… Dejé a Nick Horby, a W.B. Yeats, E. Pound a Keats; a Sylvia Plath y a Jean Baudrillard, a Dino Buzzati, a Kafka, a

a mis Fables de La Fontaine, a otras cosas raras, a

a alguien le dejé mi Under the Volcano.

En rifas he dejado ir The Complete Prose of Woody Allen, y también a Ray Bradbury, porque es divertido hacer rifas.  Mi Trainspotting se perdió en un reclamo (esa fue la última vez que lo vi.) Mi What we talk about when we talk about love, bello, viajó conmigo de Madrid a Guatemala y, en el regreso, se quedó en un apartamento capitalino, salvadoreño. Allí ha de andar todavía. En Cali, Colombia, dejé mis cuentos de Jacinta Escudos. Tan lindo el del cabello de Elsa Kuryaki.

Ala, diabla. Mi La frontera de Cristal de Carlos Fuentes que gocé tanto se quedó a vivir en la librera de Otro, ¿cómo lo pude olvidar? “Ese te va a gustar, Paty.” Bueno, pues, habrá que leer más.

“Tomá, hay de todo,” dije esta última vez. En dos bolsas reutilizables venía dos libros de Maggie Nelson, dos libros de no ficción firmados; un paperback de Here I Am de Jonathan Safran Foer, tres libros en francés, una edición en francés de Germinal de E. Zola que compré por error y que, secretamente, me acecahaba… Well de Matthew McCintosh, dos libros nuevos de autoras argentinas… y muchos más.

Hasta las bolsas le dejé. Yo quería que me diera algo de dinero a cambio, pero simplemente

simplemente no te lo podés traer todo lo que tenés, cuando te mudás.


Mundos literarios

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