Mala en mate


Pruebas de que no sé contar

Conté 4 billetes de $20.00, hice cuentas y me dije "Ay, solo me quedan 60 dólares."

Me acosté a las 3:30 de la madrugada, y me despertaron los sonidos de mis  compañeros de cuarto a las 9:33 AM, —¡He dormido 3 horas!—exclamé.

Si el vuelo sale a las 7:00 AM y llega las 10 pasadas, entonces es un vuelo de 5 horas (¿??).


the end 



Red October Vol. 2


¿Será el alcohol el peligro? ¿O seré yo?


El año pasado escribí algo no sobre el mes de octubre, pero sobre tragos que me hacían falta en octubre, tragos como los Red Octobers que servían en el Dick Turpin's cuando conocías a los bartenders, pues no estaban en el menú.

Hace un par de octubres dejé de tomar. Volví a tomar, y luego paré de nuevo; paro –¡alto!— y lo retomo. Esto de tener hipoglucemia no es fácil: es como jugar ruleta, o Blackjack o —

Tener hipoglucemia es como ir al casino, –ahorita estoy en un fase dry, casi no juego–

Tener hipoglucemia, para mí, es un poco como Blackjack (y el amor también, de hecho) porque, queriendo obtener 21, a veces pedís otra carta y se te va la mano, y perdés ["Hit me! Hit me!", no querés parar] // hay días en los que puedo tomarme 4 cervezas y un shot de tequila, o jugar rayuela con vinos blancos y rosados, pasar por cerveza y cerrar la boda de mi BFF con un trago de ron firmado por Mamá Betty, con dedicatoria de doble ración ronera, a las 4 AM. hay días en los que una cerveza me revuelve el estómago y me condena a un día entero de dolor de cabeza. // Y como las probabilidades de morir de felicidad prematura en esta lotería posalcohólica e hipoglucémica, me atengo a no tomar. Mis estudios empíricos del asunto me han enseñado a evitar tragos como Red Octobers, que extrañaré para siempre.

Extraño los tintos de verano en la piscina de San Blas.

Extraño los carajillos (shots de espresso con licor de café) que adormecen y despiertan, de manera simultánea, y me hacen manejar a casa a las 3 AM.

Extraño apoyarme en la barra de un restaurante y embriagarme con el efecto de un Long Island Ice Tea con el estómago vacío, mi preludio favorito a un almuerzo de amigas-hermanas, The ladies who beer drink of today are the ladies who lunch of tomorrow, right?

Extraño una sesión de anécdotas con Martini Rosso en Cambronne, y la adrenalina de tres martinis seguidos, ahí van; antes de subirme al escenario a leer dos poemas en público por primera vez en mi vida, "Peur de lui" y "O.N.S.",  temblando de los nervios y del astigmatismo que me achaca la vista.

Extraño ser la única en la fiesta que se dice Sí, me encanta el pastís. Hice tantos amigos de esa forma.

Extraño Whiskey escocés que me hace comprender la política regional francesa, y no la sobriedad que me hace detectar lagunas en los pensamientos que traen a colación citas de Nietzsche a las 7 AM.

Me hace falta el Porto, tomarme uno (o dos) como aperitivo y como digestivo, uno italiano. Me encantaría regresar a ese apartamento en el que nos pasamos la botella de Grappa, y te hice reír porque dije que nunca lo había probado, vos. Veníamos del Titi Twister de tomar whiskeys que vos escogiste.

No he encontrado reemplazo para mis Red Octobers, pero sí he descubierto que paso tanto tiempo comiendo que me sería imposible tomar alcohol, de todas formas, así esté celebrando el matrimonio de mi amiga/hermana. Cuando todos brindaban con champán, yo tenía croquetas de jamón en la boca. Luego, estuve brindando con pancitos y tortilla española. Así sí me gustan las tapas. Y en vez de servirme vino, pedí agua para acompañar los chorizos con cidra... ah, y no olvidemos como el final de la recepción se lo dediqué a mordisquear todo postre que se me atravesara.

La fiesta siguió en mi hotel, y me pedí un whiskey para poder decir que me tomé un wisconsin en Wisconsin... pero después de darle dos tragos, lo cambié por una porción de papas y una orden de nachos, ¿porque por qué no? Mi resaca del día siguiente se debía al ejercicio constante de ingerir alimentos. 

Tragos prohibidos

Los libros que dejé atrás

Libros que hablan varios idiomas.
En las mudanzas, es imposible traerse todo

Cuando me mudé de Honduras tenía 4 años. Poco antes de que me mudaran (mis papás) de Honduras, yo había visto Dumbo en VHS todos los días.

La vi tanto que arruiné la cinta. No sé si los niños de la era touch screen conocerán dolor semejante al de arruinar tu copia de Dumbo y así cortar la dependencia de una dosis diaria de la historia de un elefante con orejas grandes que quería mucho a su mamá.

Siempre me tapaba los ojos cuando Dumbo cae en la perversión, se emborracha y alucina.

They don’t make ‘em like that anymore, do they?



Me mudé de Honduras y dejé atrás mi película, mi Dumbo.


En mi vida adulta, en la cual las películas dependen de una cuenta de Netflix de un ex o de una página de bajo presupuesto, o, en el mejor de los casos, de un archivo .avi o buen mo4, mi duelo está más en los libros que en las películas –aunque la verdad, aquí entre nos, es que también probé regresar a coleccionar películas y al ritual del DVD con control remoto. Mi lengua lleva aún el sabor a ver películas en posición horizontal, sola, en una esquina francesa.

En mi vida adulta, mi duelo son los libros que dejo atrás.

Deben haber varios libros con mi nombre en la contraportada,  Patricia Trigueros escrito a menudo con un lapicero Bic de esos que muerdo hasta aniquilarlos. “Tomá, hay de todo,”

Me despedí de mi diccionario de francés antiguo, una belleza gruesa y roja apellido Larousse. De él aprendí que no vale la pena gastar 30 euros en un instrumento académico que te enseña a decir Li cuens (“el conde”) o Ausi conme la licorne sui (“soy como el unicornio”); ósea, ¿quién habla francés antiguo hoy en día? Todavía si hubiese sido un diccionario ilustrado, con dibujitos medievales; ahí sí te creo que vale la pena. Lo vendí como en 2 euros en una tienda medio deprimente, Rue St. Catherine, 33000 Bordeaux.

Lo chivo de esa tienda era que quien la atendía era del mismo color que las páginas viejas de los libros de los estantes. Pálido y a la vez amarillo, acomodaba los libros con una delicadeza propia de una enfermera entregada. Los colocaba, te recomendaba literatura anglosajona a lo Frannie et Zoe de J.D. Sallinger, y no hesitaba en mostrarte dónde podías leer más Shakespeare, porque nunca hay suficiente Shakespeare, ¿o sí? A pues, allí quedaron mis Spleen de Paris, Le parti pris des choses, Nadja, Manifesto du Surréalisme, Au-dessous du Volcan… Dejé a Nick Horby, a W.B. Yeats, E. Pound a Keats; a Sylvia Plath y a Jean Baudrillard, a Dino Buzzati, a Kafka, a

a mis Fables de La Fontaine, a otras cosas raras, a

a alguien le dejé mi Under the Volcano.

En rifas he dejado ir The Complete Prose of Woody Allen, y también a Ray Bradbury, porque es divertido hacer rifas.  Mi Trainspotting se perdió en un reclamo (esa fue la última vez que lo vi.) Mi What we talk about when we talk about love, bello, viajó conmigo de Madrid a Guatemala y, en el regreso, se quedó en un apartamento capitalino, salvadoreño. Allí ha de andar todavía. En Cali, Colombia, dejé mis cuentos de Jacinta Escudos. Tan lindo el del cabello de Elsa Kuryaki.

Ala, diabla. Mi La frontera de Cristal de Carlos Fuentes que gocé tanto se quedó a vivir en la librera de Otro, ¿cómo lo pude olvidar? “Ese te va a gustar, Paty.” Bueno, pues, habrá que leer más.

“Tomá, hay de todo,” dije esta última vez. En dos bolsas reutilizables venía dos libros de Maggie Nelson, dos libros de no ficción firmados; un paperback de Here I Am de Jonathan Safran Foer, tres libros en francés, una edición en francés de Germinal de E. Zola que compré por error y que, secretamente, me acecahaba… Well de Matthew McCintosh, dos libros nuevos de autoras argentinas… y muchos más.

Hasta las bolsas le dejé. Yo quería que me diera algo de dinero a cambio, pero simplemente

simplemente no te lo podés traer todo lo que tenés, cuando te mudás.


Mundos literarios

aDIÓS 

Septiembre retrógrado Episodio II




Septiembre retrógrado, henos aquí de nuevo.

¿A qué creés que se deben los retrasos? Un planeta lo caga todo.

Con razón volvieron las migrañas.


Puede que sea mi culpa que todo zíper y computadora que toco se arruina a lo Midas, y que mi Microsoft Office pirata tenga errores. Son mis superpoderes, como no dejar ir a personas y quedarme recuerdos propios y ajenos, sí.


Y cuando se me van errores de dedo, también allí es error mío, lo siento; no es lo mismo brazo que abrazo.


Sin embargo, hay otras instancias en las que puedo culpar a Mercurio.


Y es que aunque trate, y me abstenga de café, duermo mal. Prefiero no dormir, a dormir así. Finales de agosto y principios de septiembre ha sido un matrimonio de no conciliar el sueño antes de las dos AM, despertarme a ver el reloj a las 4h30, y a veces agarrar paja y salirme de la cama a las 7h30.


Me dio una gripe que dos días que se hizo neumonía y laringitis de dos semanas. ¿Por qué? Porque Mercurio es cosa seria. De allí venís, maldita arruga nueva.


Hoy volvieron la tos y los estornudos.


Tengo un libro que nunca termina, y solo son como 200 páginas.

Y no hay suficientes horas en el día para completar los trabajos (y escritos) pendientes.

(Pero hoy sí hay una horita para completar este post en mi blog. 


Entre finales de agosto y principios de septiembre han habido cortocircuitos en todas mis conversaciones.


Mandé cartas por correo que a saber si van a llegar a su destino final. Recibo newsletters a las que me dejé de suscribir, y The New Yorker me mintió. Además, he recibido emails equivocados, porque te equivocaste de Paty, bebé.


Si he engordado, no es lo que como. Es culpa de mercurio retrógrado-


Recuerdos agostinos

cosas



agosto se pronuncia igual dentro y fuera de San Salvador, pero no significa lo mismo

no recuerdo cuando fue que me enteré de que existían las vacaciones de agosto

no recuerdo qué pasaba, que fuera propio de dichas fiestas agostinas, antes de mi vida posadolescente

recuerdo cumpleaños familiares que nos juntaban a todos en una casa en La Flor Blanca, pequeñas personas y adultos rodeando a los adultos cumpleañeros

y los cumpleaños de amigos-familia, también

hay más agostos con amigos-familia que sin

(pero aquí no hay atardeceres del trópico)

ni cuartos de 10$ que dan alergia, pero otorgan acceso a una piscina fría que quita el calor casi tanto como una buena dosis de privacidad

eso es imposible cuando te vas a nicaragua con 13 personas

recuerdo paseos, pero no solo en agosto

recuerdo llevarme una maleta a la San Luis, porque decidí pasar aquellas vacaciones en la casa de accesoabuelos que no son míos

y también recuerdo el calor de agosto en la palma, el clima costeño persiguiéndonos hasta las montañas y acomodándose en las piernas, dentro de los jeans

dormir en el piso o no, da igual

y el calor de agosto en los bares del tunco, abrazándonos a todos; y allí estaba una bebé con nosotros

(yo me aseguraré de que ella se acuerde de que, cuando tenía un año, ella iba a bares en el tunco)

recuerdo tan bien el calor de agosto en el tunco que ahora ya no voy al tunco en agosto

este mes contiene tantas excusas y planes acumulados

quiero quedarme en este mes y no recibir a mercurio retrógrado

comenzar en agosto es mejor que terminar en agosto

pues, pero a veces es mejor terminar que comenzar

pero, a ver, ¿en qué estaba?

en los viajes en carro

las otras baratas

las conversaciones de lejos

los sueños portátiles

los bailes comunales

no tengo a nadie cerca que tenga recuerdos de las vacaciones de agosto

agenda
Patricia Trigueros

Pensamientos subterráneos

Fulton St, NY

Ala, diabla.
En Nómada.gt sacaron un volado, de esos infografiquillos que hace la gente, y salía la palabra chula.
(Odio la palabra chula casi tanto como odio el recuerdo de esos labios que tanto amaban decir la palabra chula.)
Leyendo Nómada.gt viajé a Guate por un segundo, entre la primera y la segunda taza de café.
Ese viaje me llevó al recuerdo de apoyarme en la barra mientras nos quejábamos, en grupo, de los problemas que no aparecen en la pantalla grande –ni en la de Hollywood, ni en la pequeña pantalla grande del cine independiente.
El subway huele a sudor acondicionado (cf. hace frío por el aire acondicionado, pero sudan los cuerpos que caminan hacia el subway; no, no la cadena de emparedados: el transporte público subterráneo no afectado por las quejas de la opinión público) y el olor a gas que incipientemente me invade me huele a que Ay, Dios mío, espero no haber dejado la estufa prendida.
Cada vez que salgo de casa, me persigue el olor a conciencia sucia que insiste, con su voz aguda, que algo he hecho mal.
¿Habré dejado todo con llave?
¿Se irán a robar lo poco que tengo?
(Perder lo poco que tienes podría costarte mucho.)
De nuevo, voy en la dirección equivocada.
De nuevo, debo bajarme.
Por una vez que quería pagar los viajes en subway al contado, me gasté 20 dólares en una ida, ¡por la….!
Voy a comprarme la tarjeta ilimitada y la usaré veces incontables. ¡Mil viajes en un día! De allí para adelante, todo es ganancia….
Pero solo la usé una vez, en dirección contraria.
Ala, puta.
De todas formas no debería de regresar jamás a Night of Joy, puesto que allí dejé botados mis lentes que desaparecieron (1) y, luego, le sonreí a la bartender cuando me regaló un trago, mas no le dejé propina (2). En ambos casos, las palabritas que se iluminan en la pantalla dicen ERROR.
Lorimer St coge entonces una connotación de uy, que no me vean la cara, por favor.
De todas formas, estoy a dieta…
Después de este combo de alitas picantes en Fulton St., en Bed-Stuy.
“Quédate con tus recuerdos de Bed-Stuy, me vale.”
…¿Cómo?
No, no puedo ponerme audífonos, porque si no no escucho cuando el conductor anuncia que estoy en el tren equivocado.
Por eso, escucho las conversaciones que suceden a mi alrededor.
Por eso, pongo atención cuando un hombro abre sus piernas y se apropia de tres asientos de un solo.
Por eso, estoy especialmente consciente de la chera que se está quedando dormida en mi hombro.
Habiendo sido culpable del crimen de ocupar el espacio personal del vecino múltiples veces, no la culpo.
Esto es karma por la vez que empierné a un sueco sin querer y, queriendo limpiar mi nido en lo que él estaba en el baño, regué Coca-Light en su asiento, humedeciendo negativamente el resto de su viaje transatlántico. Ayúdenme, aeromozas, me cagué en mi vecino.


Y si tengo tiempo, viajo menos en el subway y camino más.
Camino desde Prospect Avenue hasta Nostrand/Pacific St un domingo, saliendo de The Brooklyn Brainery. Camino hasta la 125, con tal de encontrar corbatas. O me atravieso la ciudad desde la calle 100 hasta la 42, porque ¿por qué no? Me atravieso todo Williamsburg, hasta llegar al muelle de India St en Greenpoint. Me hago media hora adicional por tres avenidas y 6 calles, con tal de coger un tren que no implique tener que cambiar.


Pero cuando no sé dónde estoy, y ya son las 12… O ya es tarde, y ya pagué el taller…Pues mejor le pido a una app que me maneje, quizás. O solo me hago 2 horas en el tren, no sé.


Cold feet en el metro

Películas no-familiares


familiar

  • consanguíneo, emparentado, pariente, ascendiente, descendiente, colateral
  • usual, acostumbrado, común, habitual, consabido, conocido, ordinario
    • Antónimos: raro, extraño
  • hogareño, casero, sencillo, llano, doméstico
    • Antónimos: mundano
  • conocido, local
    • Antónimos: extranjero


Es cierto que hay días de días. Hay días en los que nos sentimos bien, hay días en los que nos sentimos mal. (Hablo por mí y mi emociones, nosotros hoy no sentimos bien.)


Hay días en los que no, no puedo ni con algo tan sencillo como ponerme un par de jeans.


Así mismo, hay días que ni a la fuerza me entra cine arte japonés, mientras que  hay días en los que sí –y experimento entonces esta sensación (familiar y extraña) de sentarme en la cama a ver El Imperio de los sentidos (1976)–. Hay días en los que solo quiero una película que me es familiar, que me haga sentir como que es la primera vez que la veo (pero a la vez me sorprenda porque ya no me río igual en Coming to America (1988).


Hay días en los que todo fluye y solo sucede, y me encuentro viendo películas extranjeras y extrañas, sin mayor preámbulo.


En cuanto menos sé qué está pasando, más soy capaz de hacerlo.


Lo mejor es no tener ni idea de qué es lo que vas a ver, sin sugestión alguna, iluminada dentro de la ignorancia, y solo decir sí.


Me quedo, luego, con estas buenas opciones para mi actividad favorita, en uno de mis lugares favoritos: cine en la camaaunque esporádicamente no hayan sucedido en mi cama.




El poster de esta película me guiñó el ojo cuando, en una visita a México D.F., entré al cine de Reforma 222 a ver Birdman (2104), película que aunque amé fui incapaz de cachar al 100% y valorarla por su afición por Godard, EN FIN, pasemos a lo siguiente, ¿en qué estaba? Ah, bueno: el caso es que justo estaban dando Relatos Salvajes. Mi cita para Birdman fue quien señaló lo que ocurría, y él fue a verla y me lo contó todo, sin decirme nada: al parecer es buenísima, y son como cuentos, ¿no? La terminé viendo en una esquina de Cinépolis en San Salvador y la he vuelto a vivir a través de conversaciones de Hey, está esta película argentina en Netflix, y preguntas como ¿cuál es el que te gusta más? “El” siendo el pronombre para referir(nos) a uno de estos relato de venganza, cargado de emociones, contando en cortometrajes hilado porque, pues, al final las situaciones varían pero no la motivación es un poco la misma. Mi favorito es el último relato, el colmo de lo incómodo. Las historias y los personajes pueden parecer lejanos y extranjeros, pero el estilo y el formato está hasta en el último libro que leí (La frontera de Cristal, Carlos Fuentes) y en episodios de Black Mirror como el que vi ayer.


2046 (2004) de Wong Kar-wai, Hong Kong


Yo llegué tarde a la fiesta de este director chino y vi 2046 sin haber visto nada de él. Para mí, él era sólo sílabas extrañas hasta que vi esta película rarísima. La volví a ver hace poco, porque llevaba días con ganas de esas escenas coloridas ajenas a mí geografía y a mi realidad.


Aún no sé de qué se trata, pero es lo máximo. Siguiendo la tradición de L’année dernière à Marienbad (1961), uno se la pasa haciéndose preguntas.




¿Por qué ver una película Rumana?
La respuesta es: Porque ¿por qué no?
Se descargó en tiempo récord, y las reseñas decían que era buenísima. Y así fue como, desde mi sofá y con ayuda de un cable HDMI, me eché el rollo de un tipo pobre, que vive comiendo mierda porque todo es carísimo y a la gente no le alcanza la plata. Cuando conoce a una modelo guapa, todo se pone peor, pues  esta tipa tiene gustos muy caros. ¿Qué hace? Todo cambia cuando conoce a un escritor que vive de escribir guiones para mendigos: la agencia artística  Filantropica que asegura que el que no tiene con qué comer, recaude plata de quienes tienen para regalar. Las historias son buenísimas, el tratamiento cómico y el final, devastador.


Toni Erdmann (2016) de Maren Ade, Alemania


Fue hasta que llegué a Film Forum que me di cuenta que estaba por ver una película alemana. Fue hasta que la terminé de ver que me di cuenta de que no, no es exactamente una comedia.


Es preciosa, visualmente y en cuanto a contenido. Llega a ser tan rara y extraña que nos saca risas, pero viene de la personalidad intrínseca de la historia de un tipo cuya hija necesita más ayuda que él. Es dulce, encantadora, y muy interesante. La quiero volver a ver, desde mi cama, un domingo como hoy.



Estas películas están juntas porque las vi en el avión. Un transatlántico parece mejor lugar como ningún otro para ver películas extrañas y extranjeras. ¿Cuándo más voy a tener un menú interactivo de cosas en otros idiomas? Escogí entonces la historia japonesa de una mujer que lucha contra todos los sistemas de burocracia, hasta el final, y reivindica sus libertades de maneras sutiles pero determinantes. (Y hay un par de personajes y una subtrama que me confundió, pero a veces uno le pierde el hilo a los subtítulos; o es que soy tonta y no le pasa a todos, no sé.) En cuanto a I, Daniel Blake, lo más importante es que lloré y lloré.  Tengo una debilidad por el tema de injusticias, desigualdades, y realidades subjetivas; además de que Daniel es un hombre muy lindo y dulce.
La lista